Tailandia: rienda suelta a los sentidos

0
689

Hace un mes, en Navidades, tuve la suerte de poder visitar al fin el país que tanta curiosidad me despertaba: Tailandia. Pese a que mis experiencias pasadas en el continente asiático me habían dejado sensaciones agridulces, mi sentido me decía que esta vez sería diferente, y que razón tenía. Durante esos 10 días emprendí el viaje más maravilloso hasta el momento y quedé asombrada con todo lo que este país tiene para ofrecer. A pesar de que no estuve mucho tiempo, exprimimos hasta el último segundo de esta experiencia e intentamos ver lo máximo posible.

Con ojos cansados y resaca de un día entero de avión, salí del aeropuerto para admirar el sol típico de diciembre en un clima tropical. Para mí, era toda una suerte poder disfrutar de estas temperaturas, para ellos, sin embargo, hacía frío. Nada más llegar al hotel, pudimos comprobar la amabilidad de la que tanto nos habían hablado. Los tailandeses, gracias a su cultura, derrochan amabilidad y respeto hacia los demás. En todo momento, recibirás una sonrisa o un cordial saludo típico, que consiste en juntar las manos y agachar la cabeza en señal de respeto. Esta es una de las razones por las que tanto admiro este país: en todo momento te sentirás como en casa.

Mi aventura comenzó descubriendo a fondo la gran ciudad de Tailandia: Bangkok. Como buena ciudad asiática actual, presenta rasgos modernos y turísticos sin dejar atrás la parte antigua y cultural que a todos nos asombra. Imprescindible es visitar todos los templos que la ciudad alberga, dejarse embriagar por el uso de colores y la estética recargada. Entre ellos, tuvimos la oportunidad de visitar el templo del Buda de esmeralda, el templo Wat Arun, Wat Benchamabophit Dusitvanaram y algunos otros. Todos ellos, escondían secretos e historias que cautivaban nuestra atención además de poseer la estética perfecta para bonitas fotografías. Sin duda, la oportunidad de que un monje budista te bendiga y poder absorber cada ápice de esta cultura no tiene precio. En cuanto al transporte, todo ello es válido, pero en mi opinión el mejor es el icónico tuk tuk de apariencia muy recargada y de colores estrafalarios. Podréis disfrutar de los recorridos por la ciudad al aire libre y a un precio bajísimo.

Sin embargo, no todo son templos. La mezcla de esta parte antigua colisiona con los aspectos más turísticos de Bangkok. Cada metro de la ciudad, queda cubierta por distintos puestos tanto de comida, de imitaciones, como de souvenirs. Enormes mercadillos tanto nocturnos como diurnos nos permiten adquirir los nuevos modelos de las marcas más famosas a precios muy bajos, además de productos locales. Allí podremos encontrar llaveros, figuras y otros regalos para familiares y amigos a precios que ni imaginamos, ya que el día a día en Tailandia es muy barato. La comida resulta exquisita, la compra del típico Pad Thai en un puesto callejero es un completo acierto, pero para aquellos más escrupulosos, los locales de la ciudad también sirven buena comida tailandesa. Finalmente, visita obligada también a la calle famosa de Khao San Road, calle que alberga locales y hoteles para mochileros. Sentarse en una de las terrazas mientras tomas un smoothie en los sitios de moda puede hacer que os imaginéis hasta viviendo ahí. Finalmente, no dejamos de probar un saltamontes, comida típica y rica en proteína para los tailandeses. Eso sí, en cuanto a eso nada positivo, salvo sumar una experiencia más a la espalda.

Después de despedirnos de la gran ciudad, tocaba dar paso al norte de Tailandia, el final de viaje que acabó de enamorarnos por completo. En nuestro breve paso por el norte del país, tuvimos oportunidad de visitar tanto Chang Mai como Chang Rai. Durante nuestra estancia, conseguimos ver algún que otro templo y más mercadillos. Además, pudimos adquirir otra perspectiva, visitando museos locales y tiendas que nos hicieron ver un poco más del día a día de los tailandeses. Para destacar, la visita al triángulo de oro, donde Laos, Birmania y Tailandia se unen. Las increíbles vistas y la historia sobre el opio en estos países nos dejó sin palabras de vuelta al hotel. Finalmente, para mí uno de los días más mágicos fue la excursión donde tuvimos la oportunidad de pasear a lomos de un elefante. Admirar a estas preciosas especies desde tan cerca es una experiencia única en la vida. Además, la visita a distintas tribus donde pudimos aprender el día a día de sus locales, acabó de completar un viaje de 10.

Tras mi vuelta a la normalidad, no hay un día que no comentemos lo increíble que fue este viaje. Por ello, si alguna vez surge la oportunidad, no dudéis ni un segundo en escoger Tailandia como destino. La magia de la ciudad que juega con cada uno de nuestros sentidos y la belleza de los paisajes y personas del norte hacen de este país una experiencia única e inigualable.