Cuando EE.UU recibe de su propia medicina

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Hace un par de semanas, se hizo público el informe del fiscal Robert S. Mueller sobre la intromisión de Rusia en las últimas elecciones de Estados Unidos que llevaron a Trump a la Casa Blanca. Tras un trabajo metódico y riguroso por parte del fiscal, quien fue durante doce años el director del FBI, las pruebas son sumamente evidentes: lejos de continuar dando cuerda a teorías conspiratorias, se confirma que Rusia ha desarrollado y llevado a la práctica el mayor mecanismo de manipulación y sabotaje de la democracia.

La investigación de Mueller entró en una nueva fase al acusar de forma directa a 13 ciudadanos y tres organizaciones rusas por conspirar para influir de forma ilegal en la campaña presidencial de Estados Unidos. Fue una acusación sin precedentes en la historia norteamericana: el principal adversario extranjero de Estados Unidos se inmiscuyó como nunca antes se había hecho en el mismísimo núcleo del proceso democrático estadounidense, intentando influir en los votantes, difundiendo información despectiva sobre la candidata demócrata y “ayudando” al candidato presidencial Donald Trump a asumir el cargo.

Rusia creó toda una maquinaria destinada a tal efecto, con unas técnicas muy sofisticadas y con una financiación millonaria. Entre los métodos utilizados, se incluye el robo de identidades de estadounidenses y la concentración de acciones en los estados con sondeos más igualados con el propósito de incendiar a la opinión pública y provocar la división del electorado.

“Es completamente innegable que el presidente que está ocupando en estos momentos la Casa Blanca está ahí como resultado de una campaña que fue diseñada para aniquilar la democracia de Estados Unidos”

A la vista de las investigaciones, ahora es completamente innegable que el presidente que está ocupando en estos momentos la Casa Blanca está ahí como resultado de una campaña que fue diseñada para aniquilar la democracia de Estados Unidos. Para este propósito, una agencia gubernamental rusa, Internet Research Agency, creó miles de cuentas falsas en las redes sociales, influenció a cientos de miles de estadounidenses y utilizó un presupuesto millonario dedicado a dividir al electorado e influenciar en el resultado de las propias elecciones.

Resulta curioso, además, que lo hiciese con tal facilidad y de una manera tan corriente, que evidencia que se trata de procedimientos que han sido desarrollados no solo en su propio país, sino en elecciones de otros países de su entorno.

El problema no solo radica en que la democracia estadounidense haya sido humillada hasta los límites más lejanos, sino que no parece haber una solución posible para evitarlo de nuevo.

A todos los efectos, las elecciones norteamericanas fueron manipuladas y se consiguió situar a un completo inepto en la Casa Blanca. Esto no deja de tener algo de justicia poética, ya que, al fin y al cabo, Estados Unidos cuenta con un larguísimo historial de injerencias en procesos electorales en muchos países del mundo. Un país que en ese aspecto tiene un pasado tan turbio que resulta gracioso que haya terminado cayendo con tanta ingenuidad en las acciones que ellos mismos han estado realizando durante tantos años.