Ideales en la hoguera

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Simone Veil, superviviente del Holocausto, tachada con una esvástica / Foto: Benoit Tessier, Reuters

No hace falta irse a otros países para ver cómo se atacan los dogmas ni ningún otro tipo de fe. No es necesario volar hasta Alemania para ver cómo se cierran sinagogas o a Francia para observar cómo clausuran las mezquitas. La crisis de fe que deriva en ataques de extrema violencia se puede contemplar en nuestro mismo país, donde, sin ir más lejos, este miércoles han intentado quemar un convento del centro de Sevilla con sus monjas de clausura dentro.

El planteamiento que se sugiere ante esta serie de hechos muestra un escenario de peligrosa intolerancia, no sólo hacia las religiones, sino hacia los principios, donde la voz cantante no es la de uno, sino la de la mayoría, que, como una marabunta, devora a su paso aquello que encuentra.

Otro caso de actualidad es la de los graffiteros que han asaltado con sus botes de pintura el claustro renacentista del Centro del Carmen, mancillando con sus sprays un edificio del siglo XIII.

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Claustro del Carmen cubierto de graffitis / Foto: I. Marsilla, Las Provincias

El antisemintismo y la islamofobia son cuestiones mucho más urgentes en Europa que la cristianofobia, ya que las dos primeras cuentan con comunidades menores, por lo que son más fáciles de apuntar como chivo expiatorio y corren, de este modo, más peligro que los grupos cristianos, mayormente perseguidos en el continente africano y ciertas zonas de Asia. De todos modos y sea cual sea el «objetivo a derribar», estos fundamentalismos en pro de la intransigencia han de ser los que queden definitivamente desterrados del pensamiento humano.

La creación y mantenimiento de guetos y suburbios para las clases discriminadas es todavía un continuo (el Bronx y Harlem son dos ejemplos de barrios ocupados principalmente por población afroamericana). Altos porcentajes de los habitantes de cada país de nuestro globo son minusvalorados por su situación socioeconómica, por sus ideas, por su color de piel. Los cánones se convierten en norma.

El fanatismo vence a la razón cuando las vacas son flacas, la humanidad pierde su benevolencia ante falsas promesas y decide precipitarse a los acantilados de la ignorancia a cambio de una efímera satisfacción material, quizás monetaria, ofrecida por un discurso populista y es entonces cuando los ideales arden en la hoguera.