Aquarius, todo lo vivido

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Miembros de la Cruz Roja dan la bienvenida a las mujeres del albergue / Foto: Paula Murillo

Hace un año que el barco Aquarius llegó a Valencia. El fin de semana del 9 y 10 de junio, 229 personas, eran rescatadas por el barco de búsqueda y rescate operado por SOS Méditerranée junto con Médicos Sin Fronteras. Eran procedentes de 6 operaciones de rescate diferentes. Estaban a la deriva en dos botes de goma y el rescate se volvió crítico cuando uno de los botes apareció en la oscuridad con 40 personas flotando en el agua.

Más tarde, se sumaron otras 400 personas transferidas desde barcos de la Marina y de los guardacostas italianos. Aunque el rescate y traslado de estas 629 personas fue iniciado y coordinado por el Centro de Coordinación de Rescate Marítimo de Italia, las autoridades de este país denegaron la autorización para llevarlas a tierra en el puerto seguro más cercano.

Tras la negativa de Italia y Malta para permitir al Aquarius desembarcar en sus puertos, siguieron a la deriva hasta que finalmente Pedro Sánchez, en colaboración con el gobierno valenciano, ofreció el puerto de Valencia como puerto seguro.

Desde ese momento los equipos de Cruz Roja empezaron a prepararse para poner en marcha todo el dispositivo necesario. Los equipos de socorros y emergencias, el ERIE Psicosocial y el ERIE de Albergues se coordinaban para recibir la llegada de las más de 600 personas que venían a bordo del barco Aquarius.

Tres días antes, recibí algunas fotos y vídeos de Médicos Sin Fronteras, y su médico a bordo David Beversluis, nos ponía al día de la situación en el barco. El ambiente era bueno, los migrantes por fin podían tener un destino y con ellos unas nuevas oportunidades.

El día anterior de la llegada del Aquarius, en La Marina de València, los miembros de Cruz Roja ultimábamos los detalles. El lugar estaba preparado y acondicionado para los voluntarios, las televisiones grababan sin cesar explicando todo el dispositivo que se había organizado. Junto con el equipo de prensa de Cruz Roja, fui de las últimas en salir esa noche de allí. Era tarde y al día siguiente había que estar muy temprano. Las horas de descanso eran escasas.

Pedro Redón, portavoz de Cruz Roja Valencia explicando a las televisiones el contenido del lote de alimentos que se proporcionaba / Foto: Cruz Roja Valencia

A la mañana siguiente, cuando llegamos, nos reunimos todos los voluntarios del equipo de comunicación que daríamos apoyo a los profesionales tanto de Valencia como de otras partes de España que habían venido para aportar su experiencia y proporcionar entre todos, la máxima calidad de información posible a los medios de comunicación y respetando la intimidad de las personas del barco.

L·Datillo atracado en el puerto de Valencia. Foto: Paula Murillo

La zona de prensa estaba bastante alejada del sitio donde iba a atracar el barco, sin embargo, era la única opción para los medios de comunicación. Fotógrafos, periodistas y cámaras, nacionales e internacionales, se turnaban para poder estar todos en la tarima que habían montado. Era la noticia del momento y nadie quería perderse ni un solo detalle. Desde allí pude sacar las primeras fotografías de la llegada de L·Datillo y el desembarco de algunos de los migrantes abordo. Posteriormente, pudimos acceder a la zona donde estaba amarrado el barco.

Fueron momentos muy intensos, en los que todo el equipo trabajó muy duro. Tratamos de preservar en cada fotografía la intimidad de esas personas, de no mostrar sus rostros para no exponerlos a la opinión pública. Así lo hicimos también con el lugar en el que estarían ubicados los albergues, cosa que se mantuvo en secreto hasta el día posterior a la llegada del Aquarius.

Voluntaria de Cruz Roja señalando el camino a los inmigrantes. Foto: Paula Murillo

Fui al albergue de Cheste cuando todavía se estaba montando, solo era un simple pabellón, no transmitía nada. Sin embargo, cuando volví a los días con el albergue repleto de gente, parecía otro lugar distinto, estaba lleno de vida. La gente estaba repartida por el complejo, algunos jugaban, otros charlaban y otros preferían descansar en sus habitaciones. Cuando llegué no sabía donde ir, o con quien hablar, apenas conocía al personal de Cruz Roja que estaba gestionando el albergue, pero pronto encontré al personal del ERIE Psicosocial que se encontraba trabajando allí.

Yolanda Da Silva, una de las educadoras de Cruz Roja Valencia, me contó las actividades que estaban desarrollando para hacer la estancia de los más pequeños más llevadera. Mientras hablaba con ella, algunos de los niños jugaban, corriendo, por los pasillos y riendo. Era algo que no esperaba, pero que me sacó una sonrisa.

no querían fotos por miedo a ser identificadas

Poco después pude hablar con algunos de los hombres y mujeres para que me contaran sus historias y cómo habían llegado hasta esa situación. No era tarea fácil, pues casi nadie hablaba español. Probé en inglés, pero solo tuve suerte con un par de personas. Tenía que buscar a los intérpretes y dar con aquel que hablara el idioma o dialecto que hablaban las personas con las que quería hablar, procedentes del Aquarius.

La gran mayoría no querían hablar, tenían miedo. Pese a ir identificada como Cruz Roja, temían que pudiera contar algo de lo que me dijeran a la policía, sentían como si les fuese a tomar declaración. Intentaba explicarles que no era así, que solo quería hablar con ellos, pero no querían. En uno de esos intentos llegó un coche de policía, que estaba simplemente vigilando la zona y apoyando a Cruz Roja, y en ese momento dos hombres con los que trataba de hablar se levantaron y se fueron. Tenían mucho miedo.

Por fin conseguí hablar con algunas de las personas que estaban en ese albergue, me contaron una cantidad de historias que luego escribí en un reportaje. Cuando escuché todo lo que habían tenido que pasar esas personas para poder llegar hasta Valencia, me di cuenta de su situación y comprendí lo que muchas veces no podemos comprender: porqué se echan al mar arriesgando sus vidas.

Ellos solo querían una oportunidad, un trabajo, una vida normal, como la que llevamos la mayoría de los españoles. Lejos de lo que se transmitía en algunos medios de comunicación, tenían su espacio, sus habitaciones, no estaban hacinados ni descuidados, pues en todo momento el personal voluntario de la ONG estaba con ellos.

En el pabellón de las mujeres se respiraba mucho mejor ambiente que en el de los hombres. Ellas se mostraban más predispuestas a hablar, pero no querían fotos por miedo a ser identificadas. Les prometí que no sacaría sus rostros y así lo hice. Les enseñé todas y cada una de las fotos que hice para que estuvieran tranquilas. Me hicieron partícipe de sus juegos y sus risas. En una de las estancias del pabellón, un grupo de chicas estaban haciéndose peinados unas a otras con las cosas que tenían a mano. Con ellas estaban varios voluntarios de Cruz Roja que les ayudaban con los peinados, como si de una sesión de belleza se tratase. Después, espontáneamente se fundieron todos en un abrazo.

Las mujeres albergadas abrazando a los miembros de Cruz Roja. Foto: Paula Murillo

Tras esta experiencia con el Aquarius comprendí que hay que dejar los prejuicios atrás, que no hay que fomentar el odio y el rechazo a los inmigrantes, que son personas como nosotros que no han tenido la misma suerte, y que por desgracia se han visto obligados a huir de sus países de manera forzosa dejando toda su vida atrás.