Guerra a las macrogranjas y sus purines

“No puede ser que haya estados donde hasta se limita el número de cabezas que pueden tener en unos metros a la redonda y que en España la realidad sea otra”. Inma Lozano, de la plataforma 'No a la Macrogranja'

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En el centro de la península ibérica existe un proyecto de macrogranjas que levanta grandes infraestructuras ganaderas, recintos donde los animales quedan hacinados, lugares cuyos fines principales son generar el máximo de beneficios y mantenerse en el ránking de primer puesto europeo de productor de carne porcina y echar la llave al pozo en cuanto al respeto hacia los ejemplares que guardan en espacios minúsculos y, por supuesto, a la salud pública y los residuos damnificadores.  

Este negocio puede resultar en un principio una cuestión jugosa e interesante, ya que muchos piensan en él como una forma de estimular el ir y venir de capital en la llamada “España vaciada”, zonas del interior del país donde muchos de sus pueblos están destinados a desaparecer, donde como colofón, el hecho de generar empleo para su gente es toda una motivación para los forasteros para ir allí e instalarse y quizá, con un poco de suerte, engendrar nuevas generaciones de niños y niñas que no quieran dejar sus pueblos.

En cuanto a los planes económicos de estos empresarios, como se señalaba al principio, consisten en alcanzar la máxima eficiencia para amortizar los gastos generados en periodos de compra, construcción y contratación; lo que le otorga las características del capitalismo más exacerbado dentro del fenómeno que sacude hoy día nuestro planeta, que es la globalización, situación extendida desde mediados del siglo pasado y cuyos riesgos van relacionados a etapas políticas de irresponsabilidad, desequilibrio y aumento de la pobreza (lo que trae consigo la tan terrible aporofobia).

Pero, ¿por qué hablar de globalización y acusar al capitalismo de malvado? Pues bien, aunque es cierto que su desarrollo impulsa el libre comercio, también lo es que iniciativas como las que se tratan en este tema, el de las macrogranjas, traen un consumismo que se puede imponer sobre puntos que sostienen la economía tradicional, como el empleo local que sostiene a las familias de la clase media y baja, y los sustituyen por novedades de un ‘mundo pop’ fanático de don Dinero. He de aclarar que es cierto que puede existir una globalización positiva, como la que inspira una democracia directa mundial, la que demuestra un aumento de la esperanza de vida, de la seguridad en cuanto a Derechos Humanos, de la alfabetización… pero esto es francamente difícil de conseguir en un entorno liderado por Codicia y esbirros.

No obstante, insisto. ¿Por qué criticar las macrogranjas? Nada más que por el evidente descenso de estos negocios en el norte de Europa, porque en los países nórdicos son conscientes de las consecuencias que arrastran y por eso deciden endurecer las legislaciones, porque tienen un verdadero compromiso ecológico y pronostican altísimos costes a corto, medio y largo plazo

Pueblos como el de Noheda o Villar de Domingo García, por mencionar dos ejemplos, protestan contra alternativas como estas que se hacen ver como soluciones extraordinarias a la despoblación. Sus habitantes son más que conscientes de los males que traerían estas infraestructuras a sus pueblos. En esta Web puedes encontrar los municipios de Castilla y León sumidos en este problema.

Es necesario recordar que si se depositan grandes cantidades de nitratos en las aguas superficiales estas generarán un desarrollo exagerado de las plantas que crezcan en ellas, lo que luego llevaría a la desaparición de la fauna acuícola de la zona dada la opacidad de las aguas.

Los desechos porcinos cuadriplican los humanos. Estos se componen por heces líquidas y sólidas, restos de pienso y agua de los establos. Algunos purines se utilizan como fertilizantes, por ello se destaca que si estos usos se realizan de forma desmesurada, estos se filtrarán a través de la tierra y contaminará los cuerpos de agua que consiga alcanzar, como acuíferos y ríos debido el exceso de nitrógeno y fósforo.

En otros términos, este tipo de actividades sube el PIB regional y se quita de en medio a las pequeñas factorías de toda la vida, ya que, en los últimos años han desaparecido alrededor de 6.000 explotaciones ganaderas de pequeños y medianos empresarios, ya que no cuentan con la integración vertical de las grandes compañías y tan sólo generan un único puesto de trabajo para conseguir 5.500 cerdos al año, lo que en la vida real, si se piensa detenidamente, no supone un incremento del empleo, sino, más bien y como indicaba unos párrafos más arriba, un empobrecimiento de la gente y un enriquecimiento de los dueños de estos negocios multimillonarios.

La ganadería industrial es un modelo que ya está siendo rechazado en territorios como los daneses, belgas, holandeses, alemanes y dentro de España, en Cataluña, por poner un claro ejemplo, se está limitando este tipo de práctica.

Un dato que complica frenar estas empresas son las subvenciones. La Consejería de Agricultura Medio Ambiente y Desarrollo Rural, desde 2016, contribuye con ayudas de hasta el 65% de la inversión, lo que supone un máximo de 100.000 euros por empleado, suma a la que se añadirían 27.000 euros en el caso de que se tratara de la incorporación del expediente de un agricultor joven. 

En cuanto a los testimonios del director de Argapor, Tomás Recio, asegura que estos subsidios son “sólo una pequeña ayuda”, y afirma que las granjas ya establecidas “no reciben ningún tipo de ayuda en comparación con otro tipo de especies, como el vacuno, que reciben ayudas de la Política Agraria Común (PAC)”. En resumen, no sólo no está descontento con lo que recibe sino que sus acumula ansias de demandar más y más.

Activistas como Florent Marcellesi opinan que “representan la peor cara del low cost alimentario” y, tal y como este defensor de la naturaleza y miembro de Equo declaró en una charla informativa que se dio en Maranchón en abril de 2018, esta práctica “generará daños irreparables en el medio rural. Necesitamos un nuevo modelo agrícola y alimentario que pase por revisar de arriba abajo la Política Agraria Común para que sea una herramienta a favor de la agricultura ecológica, de las pequeñas explotaciones y de la fijación de población en el campo, privilegiando la producción y el consumo ecológico de proteínas vegetales y apoyando la ganadería extensiva”.

Florent Marcellesi / Foto: Twitter de Marcellesi (@fmarcellesi)

La salud pública es un tema que afecta e interesa a todos, por lo que debemos preocuparnos por mantener unos niveles de seguridad e higiene, por que los controles que vigilan aquello que nos rodea esté en óptimas condiciones, por un bienestar humano, animal y medioambiental

Las más preocupantes de las implicaciones para las personas de los purines son la resistencia a los antibióticos, ya que estos se suministran de forma desmedida en los animales destinados para consumo con el objetivo de que los ejemplares no se vean expuestas a tantas dolencias, no para acelerar su crecimiento (desde que la Unión Europea, en 2006, se aplicó esta normativa) o la terrible zoonosis, reflejada en el siguiente infográfico.

Organizaciones como Greenpeace también trabajan para cortar este lazo en el cuello del medio rural que guarda amenazas tan evidentes como el calentamiento global (la ganadería genera el 14,5% de los gases responsables del efecto invernadero), pérdidas en la diversidad biológica, destrucción de hábitats naturales e impactos, resistencia a los antibióticos (lo que podría generar a largo plazo más casos de fallecimientos por cánceres, Alzheimer…), crisis para la seguridad alimentaria, el más que evidente sufrimiento animal, la escasez de agua… y tú, ¿te unirás a la resistencia?

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